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¿Qué vida está produciendo todo lo que hacés?

hace 2 días
6 min de lectura

Cumplir, sostener, alcanzar metas y seguir adelante puede ocupar tantos años que un día volvemos a preguntarnos qué esperamos de nuestra propia vida.


Nos levantamos, nos duchamos, organizamos la casa, preparamos el desayuno, llevamos a los chicos, trabajamos, contestamos mensajes, pagamos cuentas, resolvemos problemas. Compramos lo que falta, volvemos a casa pensando en aquello que todavía quedó pendiente y, casi sin darnos cuenta, ya estamos organizando el día siguiente.

Dormimos.


Y volvemos a empezar.


Podemos sostener esta secuencia durante años.


En el camino construimos una familia, desarrollamos un trabajo, una profesión, atravesamos dificultades, adquirimos cosas, cuidamos a otros y aprendemos a mantener en funcionamiento una enorme cantidad de pequeñas piezas de nuestra existencia.


La vida adulta tiene mucho de eso: sostener.


Y sostener requiere una cantidad inmensa de energía.


Quizás por eso, en algún punto del recorrido, empieza a hacerse presente una pregunta que durante mucho tiempo pudo quedar escondida entre responsabilidades, obligaciones y asuntos pendientes:


¿Qué vida está produciendo todo lo que hago?



Cuando el futuro empieza a estrechar la mirada



Durante los primeros años de nuestra vida solemos estar acompañados por alguna forma de expectativa.


Queremos crecer, elegir, enamorarnos, estudiar, trabajar, viajar. Imaginamos nuestra propia casa, una familia, proyectos, lugares que todavía no conocemos. Fantaseamos con aquello que podríamos llegar a hacer y también con la persona que podríamos llegar a ser.


El futuro parece enorme porque contiene posibilidades.


Después muchas de aquellas cosas llegan.

Construimos una vida y aprendemos a sostenerla.


Y casi imperceptiblemente, aquello que esperamos puede comenzar a reducirse.


Las próximas vacaciones. El fin de semana. Cambiar el auto. Terminar de pagar algo. Comprar aquello que necesitamos. Hacer ese viaje que venimos organizando desde hace meses.

También esperamos que los chicos crezcan, que el trabajo afloje, que mejore la economía o que finalmente aparezca ese tiempo que siempre parece quedar un poco más adelante.


Todas esas pequeñas metas forman parte de nuestra vida y pueden ofrecernos alegría, comodidad, descanso o satisfacción.


Pero existe algo diferente que también necesitamos: horizonte.


Una posibilidad capaz de convocarnos. Una experiencia que todavía queramos vivir, alguna parte de nosotros que despierte curiosidad o una pregunta cuya respuesta valga la pena seguir buscando.

Algo que nos permita mirar hacia adelante y sentir que nuestra historia continúa abierta.



La continuidad también necesita sentido



Podemos permanecer muchos años en aquello que alguna vez elegimos.


Un trabajo que comenzó lleno de posibilidades puede convertirse en el lugar al que asistimos cada mañana porque necesitamos cobrar a fin de mes. Una profesión que alguna vez nos apasionó puede terminar reducida a una sucesión de tareas conocidas.


También podemos permanecer en una relación cuya historia compartida es inmensa y descubrir que hace mucho tiempo dejamos de preguntarnos quién es hoy la persona que tenemos al lado. Incluso podemos desconocer quiénes somos nosotros dentro de ese vínculo.


Criamos hijos. Cuidamos padres. Pagamos cuentas. Trabajamos. Organizamos. Resolvemos.

Y mientras nos ocupamos de mantener nuestra vida en funcionamiento, la continuidad empieza a funcionar por sí misma.


Sabemos qué hacer. Conocemos nuestro lugar. Respondemos a lo que los demás esperan de nosotros y atravesamos semanas que se parecen demasiado unas a otras.


Seguimos porque sabemos seguir.


Entonces pueden empezar a aparecer preguntas que buscan ayudarnos a volver a mirar aquello que construimos.


¿Todavía quiero vivir de esta manera?

¿Quién soy dentro de la vida que construí?

¿Qué deseo experimentar durante los años que tengo por delante?


Quizás descubramos partes nuestras que quedaron esperando mientras nos ocupábamos de sostener todo lo demás. O aparezca una pregunta todavía más sencilla y, precisamente por eso, más difícil de responder:


¿Qué me entusiasma hoy?


Volver a preguntarnos puede resultar incómodo. También puede devolvernos una capacidad profundamente humana que la rutina suele adormecer: la capacidad de desear.



Cuando nuestras metas empiezan a ocupar el lugar de la posibilidad



La adultez nos vuelve extraordinariamente eficientes para transformar deseos en objetivos concretos.


Queremos una casa y hacemos cuentas. Pensamos en viajar y empezamos a ahorrar. Necesitamos cambiar el auto y buscamos cómo hacerlo. Organizamos compras, vacaciones, mejoras y proyectos que nos permiten disfrutar de aquello que conseguimos con nuestro trabajo.


Las metas cumplen una función importante: organizan nuestra acción y nos permiten avanzar hacia algo que deseamos alcanzar.


Pero alcanzar algo y saber qué queremos vivir a través de ello son experiencias diferentes.


Podemos proponernos hacer un viaje, organizarlo durante meses y finalmente llegar. La meta se cumplió.


La posibilidad comienza con otra pregunta:


¿Cómo quiero vivir ese viaje?


Quizás queremos descansar, descubrir, compartir, recuperar intimidad, sentir libertad, conocer otra cultura o simplemente experimentar durante algunos días una relación diferente con nuestro tiempo.


Entonces el viaje deja de ser solamente un destino alcanzado. Se convierte en una experiencia que queremos habitar.


Y esa diferencia puede trasladarse a muchísimos aspectos de nuestra vida.


Podemos querer una casa y preguntarnos qué clase de hogar queremos construir en ella. Desear una relación y explorar cómo queremos sentirnos dentro de ese vínculo. Buscar un cambio profesional y reconocer qué manera de trabajar queremos experimentar. Incluso un objetivo económico puede adquirir otro sentido cuando comprendemos qué posibilidades esperamos abrir con esos recursos.


La meta se alcanza. La posibilidad se habita.


Por eso algunas metas producen una enorme expectativa mientras nos acercamos a ellas y, poco después de conseguirlas, pierden gran parte de su intensidad. El objetivo terminó exactamente donde debía terminar: en su cumplimiento.


La posibilidad puede continuar mucho después.


Porque nos conecta con el sentido que tenía aquello que buscábamos y con la experiencia que deseábamos construir a través de ello.


Tal vez por eso una vida llena de metas también puede comenzar a sentirse estrecha cuando dejamos de preguntarnos para qué queremos aquello que perseguimos y cómo deseamos vivirlo una vez que llegue.



El vacío también puede contener una pregunta



“Mi vida está bien, pero no me llena.”

“Conseguí lo que quería y ahora no sé qué sigue.”

“No sé qué quiero.”

“Me levanto y hago todo lo que tengo que hacer.”

“Estoy cansado de vivir siempre igual.”


Son frases mucho más frecuentes de lo que imaginamos.


A veces las pronunciamos con cierta culpa. Miramos alrededor y reconocemos todo lo que tenemos. Sabemos cuánto nos costó conseguirlo. Incluso podemos pensar que deberíamos sentirnos agradecidos y felices.


Y, sin embargo, algo sigue faltando.


Una vida puede estar llena de actividades y sentirse vacía de expectativa; también puede estar colmada de responsabilidades y necesitar deseo, rodeada de personas y extrañar el encuentro.


Incluso los logros, cuando dejan de abrir caminos, pueden convivir con una profunda sensación de falta de dirección.


Ese vacío merece ser escuchado.


Puede estar señalando una distancia entre la vida que aprendimos a sostener y aquella que todavía deseamos experimentar.


Escucharlo permite empezar a preguntarnos nuevamente por nosotros.



¿Qué estás cosechando de todo lo que hacés?



Trabajamos para producir algo.

Invertimos tiempo, esfuerzo, atención y años de nuestra vida en sostener aquello que consideramos importante.


Y quizás valga la pena ampliar el significado de esa producción.

Porque también producimos experiencias con nuestra manera de vivir.


Producimos vínculos con la forma en que nos relacionamos. Construimos una determinada experiencia familiar a través de nuestra presencia cotidiana y damos forma a nuestra vida profesional con cada decisión que repetimos durante años.


También vamos construyendo una relación con nosotros mismos.


Por eso la pregunta por la cosecha puede ser mucho más profunda que preguntarnos cuánto conseguimos:


¿Qué está creciendo a partir de la vida que llevo?


Quizás, como te decía al inicio, hayamos cosechado seguridad, una familia, conocimientos, experiencia, una profesión, una casa, reconocimiento o estabilidad.


Y junto con todo eso necesitamos cosechar también vida.


Encuentros que nos transformen, curiosidad, descanso verdadero, deseo, proyectos y presencia; experiencias capaces de recordarnos que nuestra existencia también nos pertenece.


Ordenar nuestra cosecha puede significar mirar lo que construimos y reconocer qué queremos seguir alimentando con nuestra energía, qué necesita una nueva forma y qué parte de nosotros está preparada para participar de una manera diferente.



Volver a esperar algo de nuestra propia vida



La expectativa no pertenece solamente a un período de la vida, como la juventud.

Podemos recuperarla a cualquier edad.


Recuperar expectativa también implica ampliar nuevamente nuestra relación con la posibilidad: mirar más allá de aquello que queremos conseguir y empezar a preguntarnos cómo queremos vivir.


Cómo imaginamos los años que vienen, qué nos gustaría aprender o transformar y qué clase de relaciones deseamos construir. Tal vez descubramos capacidades que todavía necesitan espacio, proyectos que permanecieron esperando o maneras de vivir que nunca nos habíamos permitido imaginar.


Algunas respuestas llegarán rápidamente. Otras necesitarán tiempo.


Lo importante es que la pregunta vuelva a existir.


Porque cuando empezamos a mirar nuestra vida desde ese lugar, el futuro deja de ser solamente la continuación de lo conocido y vuelve a convertirse en un territorio abierto.


Regresa la curiosidad. Aparecen deseos y comenzamos a reconocer posibilidades que la rutina había vuelto invisibles: experiencias capaces de sorprendernos, aprendizajes que todavía queremos atravesar, algo que deseamos crear o compartir y aspectos nuestros que esperan encontrar una manera de expresarse.


Y quizá entonces comprendamos que seguir adelante puede significar mucho más que continuar.


Puede significar volver a participar conscientemente de la vida que estamos construyendo.

Preguntarnos qué estamos cosechando de todo aquello que hacemos, reconocer qué queremos llevar con nosotros y permitir que vuelva a existir un horizonte capaz de convocarnos.


Después de tantos años aprendiendo a sostener nuestra vida, podemos recuperar también algo esencial: volver a tener una vida que nos dé curiosidad vivir.


Y si sentís que querés descubrir este proceso maravilloso de experimentar la posibilidad, te espero en El Portal Cuántico.


Con mucho amor,

Laly Marquez

Terapeuta del Alma.

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