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Cuando dejamos de escucharnos

24 ago
5 min de lectura

A veces, el dolor no proviene solamente de aquello que estamos viviendo. También puede nacer de cuánto nos alejamos de nosotros mismos intentando resolverlo.


Podemos pasar mucho tiempo tratando de comprender una situación.


Le damos vueltas. La pensamos desde distintos lugares. Intentamos encontrar la decisión correcta.

Escuchamos opiniones. Imaginamos posibilidades. Revisamos una conversación una y otra vez.

Nos preguntamos qué quiso decir el otro, qué podríamos haber hecho diferente, qué sucedería si actuáramos de otra manera.


Y mientras intentamos encontrar una respuesta, casi sin advertirlo, puede suceder algo extraño:

dejamos de preguntarnos qué sentimos nosotros.


Nuestra propia voz empieza a quedar rodeada de otras voces.

La de quienes amamos. La de quienes alguna vez nos enseñaron cómo debíamos comportarnos. La de aquello que creemos correcto. La del miedo. La de la culpa. La de nuestras experiencias anteriores. La de todo lo que pensamos que podríamos perder si finalmente nos escucháramos.


Nuestra voz sigue ahí.

Pero empieza a costarnos reconocerla.



Cuando comprender al otro nos aleja de nosotros



Somos seres vinculares.


Aprendemos quiénes somos también en relación con los demás. Desde muy temprano necesitamos pertenecer, ser reconocidos, sentirnos queridos, encontrar seguridad en nuestros vínculos.


Por eso resulta profundamente humano intentar comprender a quienes amamos.


El problema aparece cuando toda nuestra capacidad de comprensión empieza a dirigirse hacia afuera.


Comprendemos por qué el otro actúa como actúa.

Comprendemos su historia.

Comprendemos sus dificultades.

Comprendemos sus miedos.

Comprendemos por qué todavía no puede.


Y algunas veces comprendemos tanto que terminamos utilizando esa comprensión para explicar aquello que nos duele.


Entonces dejamos de preguntarnos algo mucho más sencillo:

¿Y a mí qué me pasa con esto?


Y no queremos convertir al otro en culpable.

Mucho menos desconocer su historia.


Simplemente para recuperar nuestra presencia dentro de la propia experiencia.


Porque también podemos comprender profundamente a alguien y reconocer que aquello que sucede entre nosotros nos lastima.


Podemos amar y poner un límite.

Podemos acompañar sin hacernos responsables de la vida del otro.

Podemos ser generosos sin entregarnos por completo.

Podemos entender una historia sin tener que permanecer dentro de ella.



Las pequeñas maneras de abandonarnos



Alejarnos de nosotros mismos rara vez ocurre de un día para otro.

Suele suceder en gestos diminutos.


Decimos que sí cuando queríamos decir que no.

Nos encontramos explicando largamente un límite que en realidad necesitábamos poner.

Postergamos una decisión porque imaginamos cómo afectará a los demás.

Sentimos algo con claridad y enseguida comenzamos a discutir internamente si tenemos derecho a sentirlo.


Esperamos.

Justificamos.

Volvemos a intentar.

Nos adaptamos.

Damos un poco más.


Y cada una de esas decisiones puede parecer insignificante.


Hasta que un día nos descubrimos cansados, confundidos o profundamente incómodos dentro de una vida que, vista desde afuera, quizás funciona perfectamente.


Entonces aparece una pregunta incómoda y, al mismo tiempo, profundamente reveladora:

¿Dónde quedé yo dentro de todo esto?



Escucharnos no significa hacer siempre lo que queremos



Volver a nuestra propia voz tampoco significa convertir cada deseo en una decisión inmediata.

Escucharnos es algo bastante más profundo.


Podemos reconocer que queremos algo y decidir esperar.

Podemos amar a alguien y elegir alejarnos.

Podemos sentir miedo y avanzar.

Podemos necesitar tiempo.

Podemos incluso descubrir dentro de nosotros sentimientos contradictorios.


La escucha interior no elimina la complejidad humana.

Nos permite habitarla sin desaparecer dentro de ella.


Quizás por eso conocernos no consiste en alcanzar una versión de nosotros mismos que nunca duda, nunca retrocede y siempre sabe exactamente qué hacer.


Conocernos implica aprender a distinguir nuestra voz en medio de todo aquello que también habla dentro de nosotros.


Y esa voz no siempre grita.


Algunas veces aparece como una incomodidad.

Como una sensación corporal.

Como una pregunta recurrente.

Como una tristeza difícil de explicar.

Como una idea que intentamos apartar y vuelve.

Como esa pequeña certeza que conocemos desde hace tiempo, aunque todavía no sepamos qué hacer con ella.



La paz interior no siempre llega cuando resolvemos



Estamos acostumbrados a imaginar la paz como el resultado final de un problema resuelto.


Cuando esto termine, voy a estar tranquila.

Cuando tome la decisión, voy a sentirme mejor.

Cuando el otro cambie, voy a poder descansar.

Cuando finalmente sepa qué hacer, voy a recuperar mi equilibrio.


Pero quizás una parte importante de la paz empiece antes.

Empieza cuando dejamos de pelearnos con aquello que sentimos.

Cuando podemos decirnos:

“Esto es lo que me está pasando.”


Sin corregirlo inmediatamente.

Sin avergonzarnos.

Sin necesitar justificarlo.

Sin convertirlo todavía en una decisión.


Reconocer nuestra experiencia no resuelve automáticamente aquello que estamos atravesando.

Pero devuelve algo fundamental:

nos devuelve a nosotros mismos.


Y desde allí cambia el lugar desde el que pensamos, elegimos y nos relacionamos.



Cuando necesitamos otra escucha



También puede suceder que llevemos tanto tiempo dentro de una historia que ya no sepamos distinguir qué parte pertenece al presente y qué parte viene viajando con nosotros desde mucho antes.


Una relación actual puede tocar una vieja herida.

Una decisión puede despertar lealtades que nunca habíamos cuestionado.

Un límite puede activar una culpa aprendida.

Una pérdida puede encontrarse con otras pérdidas.

Una elección aparentemente sencilla puede enfrentarnos con la identidad que construimos durante años.


Entonces pensar más no siempre alcanza.

Y no porque nos falte inteligencia.

Sino porque es muy difícil observar con perspectiva aquello dentro de lo cual estamos emocionalmente involucrados.


Y en ese punto, la presencia de otro ser humano puede adquirir un sentido profundamente valioso.


No alguien que decida por nosotros.

No alguien que nos entregue una interpretación cerrada de nuestra vida.

No alguien que nos diga quiénes deberíamos ser.


Sino alguien capaz de sostener una escucha suficientemente amplia para ayudarnos a escuchar aquello que, estando solos dentro de nuestra propia historia, se había vuelto difícil distinguir.


Porque ser escuchados puede producir algo extraordinario:

podemos empezar a escucharnos de nuevo.


Una pregunta puede abrir una asociación.

Una palabra puede detener una explicación que repetimos desde hace años.

Una historia puede conectarse con otra.

Una reacción que parecía incomprensible empieza a adquirir sentido.


Y aquello que inicialmente parecía ser “el problema” puede revelarse como la puerta de entrada hacia una comprensión mucho más profunda de nosotros mismos.



Volver a nosotros



Quizás una de las transformaciones más delicadas de la vida sea ésta:

dejar de buscar constantemente afuera la confirmación de aquello que sentimos adentro.


No implica dejar de escuchar a los demás.

Significa incluirnos en la conversación.


Preguntarnos qué necesitamos.

Qué deseamos.

Qué estamos sosteniendo.

Qué nos duele.

Qué elegimos conservar.

Qué estamos preparados para soltar.

Qué parte de nosotros necesita todavía tiempo.

Y qué parte lleva demasiado tiempo esperando que finalmente la escuchemos.


La vida no se vuelve perfecta cuando recuperamos nuestra voz.


Seguiremos teniendo dudas.

Seguiremos atravesando contradicciones.

Podremos equivocarnos.

Incluso podremos volver alguna vez a lugares que creíamos haber dejado atrás.


Pero existe una diferencia inmensa entre atravesar una experiencia alejados de nosotros mismos y atravesarla pudiendo reconocernos dentro de ella.


Porque cuanto más profundamente aprendemos a escucharnos, menos necesitamos abandonarnos para encontrar una respuesta.


Y quizás la paz interior no consista en conseguir que todo lo que nos rodea esté finalmente en orden.

Quizás empiece de una manera mucho más íntima:

cuando, en medio de todas las voces, volvemos a reconocer la nuestra.


Y si tal vez estás buscando la manera de aprender a habitarte escuchándote genuinamente, quizás El Portal Cuántico es el espacio para mirar tu experiencia desde diferentes lenguajes y acompañar los procesos que necesitan tiempo, profundidad y una mirada propia.


Así que, aquí te espero. En el Portal.


Con inmenso amor.


Laly Marquez

Terapeuta del Alma.

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