Del miedo a la posibilidad
¿Y si empezaras a construir tu vida desde aquello que sí deseas experimentar?
Sabemos con una claridad extraordinaria muchas de las cosas que ya no queremos.
No queremos sentirnos de determinada manera.
Mucho menos continuar repitiendo una historia.
Tampoco queremos vivir preocupados.
Y menos aún queremos seguir postergando algo importante.
También nos increpan determinados vínculos, determinadas experiencias, determinadas formas de habitar nuestros días.
Y, curiosamente, podemos pasar muchísimo tiempo pensando precisamente en todo eso.
En aquello que nos incomoda.
En lo que falta.
En aquello que todavía no ocurrió.
Y hasta en lo que debería ser diferente.
La mente vuelve una y otra vez al mismo lugar, intentando encontrar una salida.
Hasta que podemos hacernos una pregunta capaz de producir un movimiento completamente distinto:
¿Realmente es esto lo que deseo experimentar en mi vida?
Parece una pregunta sencilla.
No lo es.
Un contraste también puede mostrarnos el camino
Solemos mirar aquello que nos incomoda como un problema que debemos resolver.
Pero también puede ser información.
El contraste puede ayudarnos a reconocer una dirección.
Frente a una experiencia que me produce malestar, puedo pasar horas describiendo aquello que rechazo. Puedo analizarlo, repasarlo, anticiparlo, discutir mentalmente con ello.
O realmente puedo detenerme a escuchar qué me está mostrando ese malestar acerca de aquello que deseo para mí.
Quizás deseo tranquilidad.
O libertad.
O reciprocidad.
Quizás deseo sentirme profundamente respetado.
O disponer de mi tiempo.
Crear.
Quizás deseo una vida más amplia.
O deseo sentir que aquello que hago tiene sentido.
Y algo pequeño, pero profundamente transformador, comienza a suceder:
dejo de organizar toda mi percepción alrededor de aquello que rechazo y comienzo a dirigirla hacia aquello que deseo construir.
El problema deja de ser solamente un problema.
También puede convertirse en dirección.
Saber lo que deseamos también es una práctica
Estamos muy acostumbrados a definir objetivos.
Cuánto queremos ganar.
Qué queremos comprar.
Adónde queremos llegar.
Qué deberíamos conseguir.
Pero existe una pregunta mucho más profunda:
¿Qué deseo experimentar?
No qué debería tener.
No cómo va a suceder.
No cuándo.
¿Cómo deseo vivir?
¿Cómo deseo sentirme en mi hogar?
¿Cómo quiero experimentar mis vínculos?
¿Cómo quiero relacionarme con mi cuerpo?
¿Cómo deseo vivir mi trabajo?
¿Cómo quiero experimentar el dinero?
¿Cómo deseo acompañar a mis hijos?
¿Cómo quiero amar?
¿Cómo quiero sentirme cuando abro los ojos por la mañana?
Y podemos ir todavía más lejos:
¿Hacia qué experiencia desea expandirse mi ser?
Ahí comenzamos a salir del territorio de la meta para entrar en el territorio de la dirección.
Una meta tiene un punto de llegada.
La expansión permanece abierta.
La posibilidad de las posibilidades
Cuando definimos demasiado pronto cómo tiene que suceder algo, podemos terminar reduciendo nuestra percepción a un único camino.
Pero la vida rara vez se mueve de una sola manera.
Una conversación puede abrir una puerta.
Una persona puede acercarnos una idea.
Una lectura puede responder una pregunta que llevábamos años formulándonos.
Una dificultad puede llevarnos a desarrollar una capacidad que todavía desconocíamos.
Una decisión pequeña puede modificar lentamente una trayectoria completa.
Por eso me gusta pensar en la posibilidad de las posibilidades.
No como una espera pasiva en la que dejamos que la vida decida por nosotros.
Sino como la construcción de una dirección interior suficientemente clara para reconocer posibilidades cuando aparecen.
Porque aquello a lo que prestamos atención también participa de aquello que somos capaces de percibir.
Imaginar también es una manera de explorar
Algunas personas dejaron de imaginar porque consideran que la imaginación pertenece a la infancia, a la ilusión, a la fantasía, a la irrealidad.
Yo pienso exactamente lo contrario.
Imaginar puede ser una forma profundamente adulta de preguntarnos quiénes estamos siendo y hacia dónde queremos dirigir nuestra experiencia.
Podemos escribir.
Podemos visualizar.
Podemos buscar imágenes.
Podemos crear una declaración.
Podemos grabarla con nuestra propia voz.
Podemos preguntarnos cómo se siente aquello que deseamos vivir.
No para escapar de la realidad.
Sino para relacionarnos con ella desde otro lugar.
Si imagino un hogar, quizás descubra que aquello que verdaderamente anhelo es amplitud, belleza, intimidad y paz.
Si imagino abundancia, quizás descubra que aquello que deseo es libertad, tiempo, posibilidades y capacidad de crear.
Si imagino un vínculo, quizás comprenda que estoy buscando reciprocidad, presencia y profundidad.
La imagen entonces deja de ser solamente un objeto.
Se convierte en una puerta hacia el significado.
El lenguaje interior también construye experiencia
Hay palabras que nos expanden y otras que nos devuelven inmediatamente al lugar del que deseamos salir.
Por eso una declaración personal no debería escribirse buscando frases bonitas.
Tiene que sentirse propia.
Tiene que tener congruencia.
Podemos escribir una frase perfectamente positiva y descubrir, al leerla, que algo dentro nuestro se contrae.
Entonces todavía no encontramos las palabras.
Seguimos buscando.
Hasta encontrar una formulación que produzca otra sensación.
Sí.
Esto es.
Así deseo vivir.
Ese reconocimiento importa.
Porque ya no estamos simplemente repitiendo una afirmación.
Estamos reconociendo una dirección.
De la supervivencia a la posibilidad
La supervivencia es necesaria.
Nos permite detectar riesgos, resolver problemas y ocuparnos de aquello que requiere nuestra atención.
Pero cuando una vida entera comienza a organizarse alrededor de sobrevivir, el horizonte se estrecha.
Si gran parte de nuestra atención está ocupada en evitar, controlar, anticipar y resolver, queda mucho menos espacio interior para descubrir.
La posibilidad requiere otro movimiento.
Curiosidad.
Imaginación.
Atención.
Presencia.
Creatividad.
Y una pregunta:
¿Qué más podría ser posible para mí?
Después necesitamos permanecer suficientemente abiertos para reconocer respuestas que todavía no conocemos.
Una vida también puede construirse desde adentro
Hay una práctica que me acompaña desde hace muchos años.
Cuando descubro que mi pensamiento quedó atrapado demasiado tiempo en aquello que no deseo, intento regresar.
Me pregunto:
Esto no es lo que deseo experimentar. Entonces, ¿qué deseo?
Y desde allí comienzo nuevamente.
Escribo.
Imagino.
Siento.
Observo.
Busco posibilidades.
Registro.
Y continúo.
No porque la realidad desaparezca.
Sino porque recuerdo que también participo en la manera en que la vivo, la interpreto y respondo a ella.
Para mí, una parte profundamente hermosa del desarrollo interior consiste precisamente en aprender a escucharnos con suficiente profundidad para reconocer qué está pidiendo expansión dentro nuestro.
Y después comenzar a caminar en esa dirección.
Sin necesitar conocer todo el camino.
Sin decidir de antemano todas sus formas.
Con una certeza mucho más íntima:
sé cada vez mejor qué experiencia deseo cultivar.
Y desde allí una posibilidad puede abrir otra.
Y otra.
Y otra.
Hasta que volvemos la mirada hacia nuestra propia vida y reconocemos que muchas de aquellas experiencias que alguna vez sólo pudimos imaginar ya forman parte de ella.
Entonces la pregunta vuelve a abrirse:
¿Hacia dónde desea expandirse ahora mi ser?
Deseo con luz en el alma que también puedas atravesar este tipo de experiencia. Suele sumergirte en un bienestar maravilloso, y ser un camino genuino de transformación interior.
Así que, como siempre, te espero en El Portal Cuántico.
Con amor,
Laly Marquez
Terapeuta del Alma
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