El permiso de ser humano.
Actualizado: 29 jul
Casi todos los días de mi vida despertarme cada mañana era demasiado doloroso.
No sabría cómo explicarlo.
Solo sentía que vivir pesaba demasiado.
Intenté escapar de ese dolor de todas las maneras que conocía, y de las que se me presentaran para no sentirlo más.
Por un instante parecía desaparecer.
Pero siempre volvía.
Más profundo.
Más silencioso.
Más desesperado.
Cuando comencé mi terapia pensé que iba a encontrar otra persona más intentando corregirme.
Otra persona diciéndome lo que tenía que hacer.
Lo que encontré fue algo completamente diferente.
Por primera vez alguien dejó de mirar aquello que yo hacía...
y empezó a mirar el dolor que llevaba dentro.
Nunca me sentí juzgado.
Nunca me sentí condenado.
Me sentí profundamente comprendido.
Recuerdo que se sentaba frente a mí...
y, cuando mi alma ya no encontraba las palabras, comenzaba a leerme un libro.
Yo escuchaba.
Y, poco a poco...
empecé a escucharme también a mí.
No dejé de caer de un día para otro.
Volví a caer muchas veces.
Pero ya no quería seguir escapando de mi propia vida.
Y esa fue la primera verdadera transformación.
Aprendí algo que nunca imaginé.
Podía sentir tristeza...
sin destruirme.
Podía atravesar la depresión...
sin perderme para siempre.
Podía llorar...
sin dejar de vivir.
Durante muchos años pensé que mi enemigo era la enfermedad.
Hoy sé que mi verdadero enemigo era creer que tenía que luchar contra mí mismo.
Mi terapeuta nunca intentó cambiar quién era.
Me hizo poner a mí mismo en valor, me ayudó a descubrir que debajo de todo aquel dolor seguía existiendo alguien que merecía ser amado.
También por mí.
Hoy sigo caminando.
Tengo días buenos.
Y días difíciles.
Pero ya no huyo de mí.
Porque comprendí que el verdadero camino no consistía en convertirme en otra persona...
Sino en regresar, poco a poco, a la que siempre había sido.
Relato del Alma #2: Hombre, 54 años.
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