Aprender a no dejarme afuera
Llegué roto.
Roto por el desamor.
Cansado de esperar.
Cansado de ilusionarme.
Cansado de volver siempre al mismo lugar.
Hice de todo para sacar esa sensación tan fea de mi alma.
Intenté entender.Olvidar.Seguir.
Pero no pude hacerlo solo.
Por eso pedí ayuda.
Pensé que necesitaba aprender a olvidar.
No sabía que, cuando empezara a mirar mi historia, iba a encontrar algo mucho más grande que un corazón roto.
Había aprendido muy temprano a estar disponible para los demás.
Si alguien necesitaba algo, yo estaba.
Si podía resolverlo, lo resolvía.
Si tenía algo para dar, lo daba.
Yo soy así, pensaba.
Generoso.
Leal.
Presente.
Y sigo creyendo que esas son algunas de las partes más hermosas de mí.
Lo que nunca me había preguntado era dónde quedaba yo mientras estaba tan ocupado sosteniendo a los demás.
Tampoco había comprendido que existe una diferencia enorme entre dar desde el amor y desaparecer dentro de aquello que damos.
Con el tiempo empecé a reconocer que también había amado de esa manera.
Dando.
Esperando.
Estando disponible.
Intentando.
Volviendo a abrir la puerta incluso después de haber sufrido.
Y apareció una pregunta que nunca me había hecho:
¿Cuánto espacio dejo para que alguien pueda elegirme por quien soy cuando intento darle todo antes de que tenga siquiera la oportunidad de conocerme?
La pregunta dolió.
Pero también abrió algo.
Porque quizás mi aprendizaje no consistía en dejar de ser generoso.
Quizás necesitaba aprender a no desaparecer dentro de mi propia generosidad.
Empecé a descubrir que podía decir que no sin dejar de querer.
Que no tenía que resolverlo todo.
Que podía dejar espacios vacíos sin correr inmediatamente a llenarlos.
Que también podía esperar y descubrir quién se acercaba.
Y, sobre todo, que podía empezar a incluirme en aquello que daba.
Pensé que eso significaba haber aprendido.
Hasta que un día volví a dudar.
Y me dolió.
No solamente por lo que sentía.
Me dolió porque pensé que estaba retrocediendo.
Que quizás todo lo recorrido no había servido.
Que volvía a ser el mismo.
Y entonces descubrí algo que nunca había pensado:
hay decisiones que también tienen capas.
A veces creemos que decidir es no volver a dudar nunca.
Pero algunas decisiones parecen necesitar que volvamos a encontrarnos con nosotros mismos muchas veces.
Y cada vez comprendemos algo diferente.
Cada vez vemos un poco más.
Cada vez elegimos desde un lugar nuevo.
Entonces me pregunté:
¿Soy realmente el mismo que llegó hasta acá?
Y supe que no.
Todavía puedo dudar.
Todavía puedo sentir.
Todavía puedo flaquear.
Pero ahora puedo verme.
Puedo escucharme.
Puedo preguntarme qué quiero antes de correr detrás de aquello que deseo.
Y estoy aprendiendo que una duda no borra todo lo que crecí.
Quizás crecer no sea dejar de flaquear.Quizás sea dejar de abandonarnos cuando flaqueamos.
Mi historia todavía está sucediendo.
No tengo un final para contar.
Y quizás ésa sea una de las cosas más hermosas que estoy aprendiendo.
No necesito tenerlo.
Sigo siendo generoso.
Sigo queriendo profundamente.
Sigo siendo yo.
Sólo estoy aprendiendo a no dejarme afuera.
A dar sin desaparecer.
A amar sin perderme.
A acompañar sin sostenerlo todo.
A dejar espacio para recibir.
Y a comprender que elegirme no significa querer menos a los demás.
Significa empezar a incluirme entre las personas que también merecen mi amor.
Tal vez mañana descubra una nueva capa.
Tal vez vuelva a dudar.
Pero hoy sé que cada vez que puedo mirarme con un poco más de conciencia, ya no estoy exactamente en el mismo lugar.
Porque quizás transformar una vida no consista en tomar una única gran decisión.
Quizás consista en aprender a elegirnos una y otra vez,
sin dejar de amarnos mientras aprendemos a hacerlo.
Relato del Alma #4 | Hombre, 29 años.
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