El camino que ya estaba caminando
- 14 ago
- 3 min de lectura
Durante mucho tiempo pensé que todavía no había encontrado mi camino.
Y eso era extraño, porque cuando miraba mi vida había muchísimo por agradecer.
Crecí en una familia amorosa. Estudié. Me recibí. Encontré un compañero con quien construir una vida y llegaron nuestros dos hijos, que transformaron para siempre mi manera de mirar el mundo.
Había amor.
Había familia.
Había una vida construida.
Y, sin embargo, dentro de mí seguía existiendo una pregunta.
¿Y yo, qué quiero hacer con todo lo que soy?
Quería desarrollarme profesionalmente. Quería crear algo propio. Quería contribuir económicamente a mi familia y sentir que también podía expandirme en esa parte de mi vida.
Pero había algo que para mí no estaba en discusión.
No quería que crecer profesionalmente significara dejar de acompañar a mis hijos mientras todavía eran pequeños.
Así que empecé a buscar.
Pensé posibilidades.
Imaginé proyectos.
Algunos tenían sentido. Otros parecían interesantes. Incluso hubo ideas que durante un tiempo creí que podían convertirse en mi camino.
Pero ninguna terminaba de sentirse completamente mía.
Y cuando una búsqueda se prolonga demasiado, empiezan a aparecer las dudas.
Tal vez estoy pidiendo demasiado.
Tal vez no se puede tener todo.
Tal vez debería conformarme.
Tal vez esto es lo que hay.
Pero mi alma seguía inquieta.
No sabía exactamente qué estaba buscando.
Sólo sabía que todavía no lo había encontrado.
Hasta que, sin que yo pudiera reconocerlo entonces, algo comenzó a suceder.
Llegó a nuestra familia un sueño que había esperado durante mucho tiempo.
Un husky.
Kael.
Y con él apareció algo que jamás había pensado como un proyecto.
Simplemente apareció el amor.
Empecé a compartir nuestra vida juntos. Sus paseos. Sus ocurrencias. Sus encuentros con otras personas, con niños, con otros animales.
Le puse una voz.
Y mientras jugaba, aprendía.
Mientras aprendía, compartía.
Mientras compartía, comenzaron a llegar personas.
Personas que disfrutaban lo que hacía.
Que esperaban sus historias.
Que comentaban.
Que preguntaban.
Que empezaban a formar una pequeña comunidad alrededor de algo que para mí había nacido simplemente del amor.
Y yo seguía buscando mi camino.
Sin darme cuenta de que llevaba tiempo caminándolo.
Hasta que un día, durante una conversación, alguien me hizo una pregunta que cambió la manera en que estaba mirando todo:
¿Y si aquello que estás buscando no está fuera de tu vida?
De repente comenzaron a encontrarse piezas que hasta entonces yo había mirado por separado.
Lo que había estudiado.
Mi capacidad para organizar.
Mis ganas de enseñar.
Mi deseo de acompañar.
El amor por los animales.
Todo lo que había aprendido junto a Kael.
La comunidad que ya había comenzado a construir.
Y aquella necesidad tan profunda de crear una profesión que pudiera crecer conmigo sin obligarme a renunciar a la vida que había elegido.
Por primera vez no sentí que tuviera que empezar de cero.
Sentí que podía empezar desde mí.
Y algo dentro mío hizo silencio.
Ese silencio hermoso que aparece cuando una idea deja de sentirse solamente posible y empieza a sentirse propia.
Todavía tengo muchísimo que aprender.
Tengo que estudiar.
Prepararme.
Construir.
Equivocarme seguramente algunas veces.
Volver a intentar.
Pero ahora sé hacia dónde quiero caminar.
Y quizás lo más hermoso sea haber descubierto que nada de lo anterior estaba perdido.
Ni mi carrera.
Ni los proyectos que imaginé.
Ni los años dedicados a mis hijos.
Ni las búsquedas que no prosperaron.
Ni todo aquello que aprendí simplemente porque amaba hacerlo.
Todo estaba construyendo algo.
Yo todavía no podía verlo.
Hoy comprendo que crecer no siempre significa abandonar la vida que tenemos para convertirnos en alguien diferente.
A veces significa mirar profundamente todo lo que somos y descubrir una posibilidad nueva en aquello que ya estaba allí.
Durante mucho tiempo pensé que todavía no había encontrado mi camino.
Hoy sé algo diferente.
Mi camino también me estaba encontrando a mí.
Relato del Alma #3: Mujer, 30 años.
.png)



Comentarios