El arte de seguir creciendo (cuando somos adultos)
Existe un punto en la vida en el que crecer empieza a significar algo diferente.
Ya no somos aquella persona llena de ilusiones que imaginaba el futuro desde una página en blanco.
Tenemos una historia.
Tomamos decisiones.
Estudiamos.
Trabajamos.
Construimos vínculos.
Quizás formamos una familia.
Aprendimos algunas cosas porque las elegimos y muchas otras porque la propia vida nos pidió aprenderlas.
Desarrollamos capacidades que alguna vez buscamos conscientemente y otras que aparecieron casi sin darnos cuenta.
Y, sin embargo, seguimos creciendo.
O quizás empezamos a sentir algo mucho más difícil de nombrar.
Una sensación de estancamiento.
No necesariamente porque nuestra vida esté mal.
A veces ocurre precisamente cuando, mirada desde afuera, parece tener toda la forma que alguna vez imaginamos.
Cumplimos.
Resolvemos.
Sostenemos.
Respondemos a nuestras responsabilidades.
Hacemos aquello que durante mucho tiempo pensamos que debíamos hacer.
Y, aun así, algo empieza a perder forma por dentro.
Es una paradoja extraña:
podemos haberle dado forma a nuestra vida y, al mismo tiempo, sentir que esa forma ya no alcanza para contener todo lo que somos.
Entonces aparece una pregunta.
A veces apenas audible.
¿Y yo?
¿Qué hago ahora con todo lo que aprendí?
¿Qué hago con aquello que todavía me entusiasma?
¿Qué hago con esas capacidades que fui desarrollando?
¿Qué hago con esa parte de mí que sabe que todavía puede crear, aprender, aportar, descubrir?
Quizás crecer cuando somos adultos empiece precisamente ahí.
No necesariamente cambiándolo todo.
Sino atreviéndonos a escuchar aquello que todavía quiere crecer dentro nuestro.
La vida que aprendimos a construir
Desde muy temprano recibimos mapas.
Algunos fueron explícitos.
Otros llegaron silenciosamente.
Qué significa tener éxito.
Qué deberíamos estudiar.
Cómo debería ser una vida estable.
Cuándo deberíamos formar una familia.
Qué constituye un trabajo seguro.
Qué riesgos vale la pena tomar.
Qué corresponde hacer a determinada edad.
Incluso cuánto se supone que podemos cambiar después de haber elegido un camino.
No necesariamente fueron malos mapas.
Muchos nos ayudaron.
Nos dieron estructura.
Nos permitieron pertenecer, organizarnos, construir, sostenernos.
Pero existe una pregunta que ningún mapa puede responder por nosotros:
¿La vida que aprendí a construir sigue representando a la persona que soy hoy?
Porque podemos pasar años escuchando atentamente aquello que se espera de nosotros y muy poco tiempo escuchando aquello que nosotros esperamos de nuestra propia vida.
No porque hayamos perdido nuestra voz.
Sino porque las responsabilidades hacen ruido.
Las necesidades hacen ruido.
Las expectativas hacen ruido.
El miedo también.
Y nuestra propia voz, muchas veces, habla mucho más bajo.
Hasta que un día ya no podemos dejar de escucharla.
Cuando lo conocido empieza a parecernos definitivo
Frente a esa incomodidad podemos hacer muchas cosas.
Una de ellas es convencernos de que no existe ninguna otra posibilidad.
Esto es lo que hay.
Ya elegí.
Ya estudié.
Ya tengo una edad.
Ya tengo responsabilidades.
No puedo empezar otra cosa.
No puedo dejar esta vida.
No tengo tiempo.
No tengo dinero.
No sé suficiente.
Hay personas mucho más preparadas.
Y, poco a poco, aquello que comenzó como una inquietud puede convertirse en resignación.
Entonces aparece la queja.
Nos quejamos del trabajo.
Del dinero.
De la falta de oportunidades.
De aquello que no pudimos hacer.
De las decisiones que alguna vez tomamos.
Incluso podemos construir explicaciones impecables acerca de por qué nuestra realidad no puede ser diferente.
Y lo conocido, aunque ya no nos haga bien, empieza a parecernos inevitable.
No porque no exista ninguna salida.
Muchas veces porque imaginarla implicaría movernos de un lugar que, aunque incómodo, conocemos perfectamente.
Cambiar la pregunta.
Aprender.
Explorar.
Equivocarnos.
Volver a intentar.
Reconocer que quizás todavía tenemos algo por construir.
Y eso requiere una forma diferente de valentía.
No la valentía espectacular de quien abandona todo.
La valentía cotidiana de quien se permite pensar:
¿Y si esto no fuera todo?
También existen quienes deciden mirar diferente
Todos los días tengo la oportunidad de encontrarme con personas que llegan a esa misma encrucijada.
Personas con responsabilidades reales.
Con hijos.
Con compromisos.
Con necesidades económicas.
Con carreras terminadas o inconclusas.
Con experiencias laborales.
Con talentos que nunca consideraron talentos.
Con intereses que durante años quedaron relegados a un costado.
Con miedo también.
Pero algunas deciden hacer algo diferente.
No necesariamente saben hacia dónde van.
No tienen un plan perfecto.
No poseen todas las herramientas.
Simplemente se permiten empezar a mirar.
Y cuando miramos nuestra vida con una pregunta nueva, empezamos a descubrir cosas que antes permanecían separadas.
Una formación.
Una experiencia.
Una facilidad natural.
Algo que hacemos por placer.
Una necesidad concreta de nuestra vida actual.
Un conocimiento que adquirimos sin pensar para qué serviría.
Una pequeña comunidad que construimos alrededor de algo que amamos.
Una capacidad que los demás reconocen en nosotros pero que nosotros consideramos completamente normal.
Por separado parecen piezas diferentes.
Hasta que aparece una pregunta:
¿Y si todo esto pudiera conversar entre sí?
Y entonces algo puede hacer click.
No todo lo que buscamos está adelante
Estamos acostumbrados a imaginar el crecimiento como la incorporación de algo nuevo.
Una nueva formación.
Un nuevo trabajo.
Un nuevo proyecto.
Una nueva oportunidad.
Y, por supuesto, habrá cosas que necesitemos aprender.
Pero no todo aquello que puede transformar nuestro futuro está adelante.
Una parte puede estar escondida en nuestra propia historia.
En aquello que estudiamos.
En los trabajos que tuvimos.
En las dificultades que aprendimos a resolver.
En las personas que acompañamos.
En algo que hacemos simplemente porque nos apasiona.
En una curiosidad que nos acompaña desde hace años.
En esa capacidad que otros reconocen fácilmente en nosotros y que nosotros casi no vemos porque nos resulta natural.
Incluso en aquellas ideas que exploramos y finalmente no prosperaron.
Porque buscar también enseña.
Cada camino que probamos nos permite conocernos un poco más.
Nos muestra qué queremos.
Qué no queremos.
Qué estamos dispuestos a construir.
Qué necesitamos conservar.
Y qué cosas ya no estamos dispuestos a negociar.
Por eso no todo intento que abandonamos fue tiempo perdido.
A veces necesitamos recorrer una posibilidad para descubrir que nuestra forma estaba en otra parte.
Aquello que hacemos naturalmente también tiene valor
Existe algo curioso alrededor de nuestras capacidades.
Cuanto más naturales nos resultan, más fácilmente podemos subestimarlas.
Hay personas que saben organizar.
Otras saben enseñar.
Algunas tienen una enorme capacidad para escuchar.
Para comunicar.
Para investigar.
Para acompañar.
Para crear belleza.
Para observar aquello que otros pasan por alto.
Para convertir algo complejo en algo comprensible.
Para generar confianza.
Para construir comunidad alrededor de aquello que aman.
Pero cuando llevamos mucho tiempo haciendo algo con naturalidad, dejamos de verlo como una capacidad.
Pensamos que cualquiera podría hacerlo.
Y seguimos buscando muy lejos aquello que, de alguna manera, ya estaba expresándose en nuestra vida cotidiana.
Hasta que alguien formula una pregunta diferente.
¿Alguna vez pensaste qué podría ocurrir si tomaras en serio eso que hacés tan naturalmente?
Y algo se ordena.
No porque otra persona pueda decirnos quién debemos ser.
Sino porque una mirada diferente puede ayudarnos a descubrir una posibilidad que todavía no habíamos conseguido ver.
Cuando las piezas empiezan a encontrarse
Algunas ideas podemos analizarlas durante meses y continúan sintiéndose ajenas.
Y existen otras que, apenas aparecen, despiertan algo.
Todavía no sabemos cómo llevarlas adelante.
Quizás necesitemos estudiar.
Prepararnos.
Investigar.
Probar.
Equivocarnos.
Reformular.
Construir experiencia.
Pero ocurre algo precioso:
la idea tiene vida.
Nos descubrimos pensando en ella.
Aparecen preguntas nuevas.
Empezamos a imaginar posibilidades.
Queremos aprender.
Queremos probar.
Queremos descubrir hasta dónde podría llegar.
No significa que hayamos encontrado una certeza.
Significa que encontramos algo que merece ser explorado.
Y eso puede ser suficiente para comenzar.
Porque una transformación no siempre empieza con una gran decisión.
Muchas veces empieza cuando nos damos permiso para explorar seriamente una posibilidad.
Crecer también requiere corrernos del miedo
Una posibilidad nueva puede entusiasmarnos y asustarnos al mismo tiempo.
Entonces aparecen las voces conocidas.
No estoy preparada.
Todavía me falta mucho.
Hay gente que sabe más.
¿Quién va a interesarse en esto?
Esto siempre fue solamente algo que me gusta.
¿Y si no funciona?
El miedo tiene una capacidad extraordinaria para presentarse como si fuera una descripción objetiva de la realidad.
Pero no siempre lo es.
A veces simplemente está señalando que nos acercamos a un territorio que todavía no conocemos.
Seguir creciendo no significa ignorar ese miedo.
Tampoco significa lanzarnos impulsivamente detrás de cualquier idea.
Significa aprender a distinguir entre una imposibilidad real y una frontera que todavía no nos animamos a atravesar.
Una posibilidad nueva no necesita comenzar siendo enorme.
Puede empezar con una conversación.
Una investigación.
Una formación.
Una primera prueba.
Una publicación.
Una persona a la que ayudamos.
Una experiencia que nos permita descubrir si aquello que imaginamos también puede sostenerse en la realidad.
Expandirnos no significa saltar al vacío.
Significa dejar de utilizar el miedo como frontera de nuestra imaginación.
La expansión no siempre agrega. A veces integra.
Quizás esta sea una de las cosas más hermosas de seguir creciendo cuando somos adultos.
No necesitamos desechar quiénes fuimos para descubrir quiénes todavía podemos llegar a ser.
Una nueva etapa puede apoyarse sobre la anterior.
Una carrera puede habernos dado estructura.
Un trabajo puede habernos enseñado recursos que utilizaremos de una manera completamente diferente.
Criar hijos puede desarrollar capacidades que jamás hubiéramos adquirido en un aula.
Una dificultad puede obligarnos a descubrir fortalezas.
Un interés aparentemente lateral puede convertirse, con los años, en conocimiento.
Algo que hacíamos por placer puede revelarnos cuánto aprendimos.
Una pequeña comunidad puede mostrarnos que existe alguien al otro lado interesado en aquello que tenemos para compartir.
Nada de eso determina automáticamente cuál debe ser nuestro camino.
Pero todo puede convertirse en material para construirlo.
La expansión no siempre consiste en convertirnos en alguien nuevo.
Muchas veces consiste en integrar partes de nosotros que hasta entonces vivían separadas.
Y cuando eso sucede, algo empieza a sentirse diferente.
No estamos interpretando un personaje nuevo.
Estamos ampliando nuestra propia identidad.
Quizás no quieras otra vida
Esta distinción me parece fundamental.
Sentir que necesitamos crecer no significa necesariamente querer abandonar lo que construimos.
Podemos amar profundamente nuestra familia.
Nuestros vínculos.
Nuestra casa.
Nuestra historia.
Incluso partes importantes de nuestra actividad actual.
Y, al mismo tiempo, necesitar algo más.
Por eso quizás la pregunta no sea:
¿Qué tengo que dejar para poder crecer?
Tal vez sea:
¿Cómo puedo hacer lugar para aquello que también quiere crecer en mí?
Porque quizás no quieras otra vida.
Quizás quieras descubrir cuánto más de vos puede caber dentro de la vida que ya construiste.
Y entonces la expansión deja de parecer una ruptura.
Puede convertirse en una ampliación.
Una manera de construir una actividad compatible con la vida que queremos cuidar.
Una manera de utilizar lo aprendido sin quedar atrapados en aquello que alguna vez elegimos.
Una manera de permitir que aparezcan nuevas versiones de nosotros sin traicionar las anteriores.
El arte de seguir creciendo
Si hoy sentís que algo de tu vida se estancó, quizás no necesites responder inmediatamente qué deberías hacer.
Podés empezar mirando.
Mirá tu historia.
Tus conocimientos.
Tus curiosidades.
Aquello para lo que siempre te buscan.
Lo que hacés con facilidad.
Lo que disfrutás aprender.
Aquello sobre lo que podrías conversar durante horas.
Las experiencias que te transformaron.
Las ideas que alguna vez exploraste.
Y también las condiciones reales de la vida que querés conservar.
Poné todas esas piezas sobre la mesa.
Sin decidir demasiado rápido cuáles sirven y cuáles no.
Y después buscá relaciones.
Porque quizás no te falte una pieza.
Quizás todavía no viste el dibujo que pueden formar juntas.
Y un día puede suceder algo pequeño y enorme.
Una posibilidad empieza a sentirse propia.
Todavía habrá que construirla.
Darle estructura.
Estudiar.
Planificar.
Tomar decisiones.
Convertir una intuición en una posibilidad y, después, trabajar para convertir esa posibilidad en realidad.
Pero algo habrá cambiado.
Ya no estarás preguntándote resignadamente si esto es todo lo que hay.
Estarás haciéndote una pregunta completamente diferente:
¿Qué más puedo crear con todo lo que ya soy?
Quizás ese sea el verdadero arte de seguir creciendo cuando somos adultos.
No comenzar otra vida.
No renegar de la anterior.
No convertirnos en otra persona.
Sino conservar suficiente curiosidad, libertad y coraje para seguir descubriendo cuánto de nosotros todavía está esperando una forma.
Porque la adultez no tiene por qué ser el lugar donde dejamos de convertirnos.
También puede ser ese territorio extraordinario en el que, por fin, contamos con una historia suficientemente rica como para empezar a elegir conscientemente qué queremos construir con ella.
Seguir creciendo también es una elección.
A veces comienza con una pregunta.
Otras, con una incomodidad que ya no podemos ignorar.
Y otras simplemente con la posibilidad de mirarnos de una manera diferente y descubrir que todavía existen partes de nosotros esperando ser exploradas.
En El Portal Cuántico trabajamos justamente sobre esos territorios: los que nos permiten comprender nuestra historia, reconocer nuestros recursos, ampliar nuestra mirada y seguir construyendo una vida cada vez más coherente con quienes somos.
Porque nunca estamos completamente terminados.
Seguimos aprendiendo.
Seguimos descubriéndonos.
Seguimos creando.
Y quizás una de las experiencias más hermosas de la adultez sea comprender que todo lo que ya somos no determina hasta dónde podemos llegar: puede convertirse en el punto de partida de aquello que todavía podemos crear.
Te espero aquí, en El Portal Cuántico.
Con mucho amor.
Laly Marquez
Terapeuta del Alma
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